En el camino hacia ciudades más sostenibles y saludables, la bicicleta se ha consolidado como una pieza clave para transformar nuestra movilidad urbana. Sin embargo, a pesar de los evidentes beneficios y del creciente interés social por esta forma de desplazamiento, en España parece que seguimos complicándolo todo demasiado.
Mientras países como Holanda y Dinamarca, auténticos referentes mundiales en movilidad ciclista, avanzan con proyectos claros, simples y efectivos, nosotros tendemos a enredar cada iniciativa con normativas, requisitos y procesos tan complejos que muchas veces terminan por paralizar o desincentivar la implantación real y efectiva de infraestructuras para la bici 🚴♀️🌍.
Lecciones que no terminamos de aprender
Holanda y Dinamarca no solo son líderes en el número de ciclistas, sino en la calidad y eficacia de sus infraestructuras. ¿Su secreto? Proyectos diseñados para facilitar el día a día, sin complicaciones innecesarias ni burocracia excesiva. En estos países, la bicicleta es un medio cotidiano, accesible para todas las edades y condiciones, gracias a la simplicidad y funcionalidad de sus soluciones.
Por el contrario, en España muchas veces vemos cómo los proyectos para promover el uso de la bicicleta están llenos de barreras: normativas contradictorias, procedimientos interminables, exigencias técnicas exageradas o instalaciones que buscan incorporar demasiadas “prestaciones” superfluas, que elevan los costes y dificultan su ejecución. Este enfoque no solo encarece las inversiones, sino que también genera frustración.
El efecto boomerang de la complicación excesiva
Paradójicamente, estas complicaciones generan el efecto contrario al buscado. En vez de impulsar el uso de la bici, acaban convirtiéndose en un freno. Los proyectos tardan años en salir adelante o directamente se abandonan. Las inversiones no se amortizan porque los usuarios desisten ante la falta de soluciones prácticas. Y lo que es peor, los defensores de la movilidad ciclista se encuentran con críticas, desconfianza o incluso ataques, en lugar del apoyo que merecen.
Esta realidad genera un círculo vicioso donde la bicicleta queda relegada a un papel secundario, a pesar de su potencial para mejorar la movilidad urbana y la calidad de vida. Y, mientras otros países siguen ampliando su red de infraestructuras y aumentando el número de usuarios con fórmulas más simples y directas, aquí quedan sin ejecución muchos proyectos por un exceso de complejidad.
Como ya señalábamos en el Congreso Ibérico de la Bicicleta en 2023 en Coslada, para muchas ciudades españolas, ha hecho falta una pandemia mundial para impulsar la movilidad sostenible. Pero ahora, con el acelerón, queremos ir “más papistas que el papa” y generar cambios demasiado rápidos, que terminan por generar más problemas que soluciones.
Por ejemplo, algunas constructoras prefieren dejar solares sin construir porque cumplir con la normativa les resta rentabilidad y les mete en un laberinto burocrático. Otros particulares abandonan proyectos de guardabicis por la complejidad administrativa.
Esto es un síntoma de que la legislación debería ser más flexible, modular y adaptable, permitiendo que las infraestructuras crezcan en la medida en que crezca la demanda real. Lo bueno para la bici no siempre es lo mejor para la bici.
¿Qué podemos hacer para cambiar el rumbo?
La clave está en simplificar y aprender de los mejores ejemplos internacionales. En lugar de intentar innovar con soluciones complejas, deberíamos adoptar enfoques que ya han demostrado que funcionan, adaptándolos a nuestro contexto local.
Por ejemplo:
- Priorizar la funcionalidad y la seguridad sobre la complejidad técnica. Un aparcamiento seguro, accesible y fácil de usar es mucho más efectivo que uno con características sofisticadas que rara vez se aprovechan.
- Reducir la burocracia y agilizar los procesos de aprobación. Facilitar que promotores y comunidades puedan implementar aparcabicis sin obstáculos administrativos innecesarios.
- Escuchar a los usuarios finales. Conocer sus necesidades reales, sus hábitos y dificultades, para diseñar infraestructuras que realmente fomenten el uso diario.
- Fomentar la inversión en soluciones escalables y modulares, que puedan adaptarse y crecer según la demanda, sin exigir grandes desembolsos iniciales.
- Promover la colaboración entre administraciones, empresas especializadas y comunidades vecinales, generando sinergias que hagan viable la implantación masiva de aparcabicis.
Hacia un futuro más amable con la bici
No podemos permitir que la complejidad y la burocracia sigan siendo una traba para la movilidad sostenible. La bicicleta tiene el poder de cambiar nuestras ciudades para mejor, pero solo si facilitamos su uso con soluciones prácticas y realistas.
Es momento de mirar hacia países con experiencias de éxito, aprender de ellas y aplicar ese conocimiento en nuestro contexto, sin caer en el error de sobrecargar los proyectos con requisitos innecesarios que solo alejan el objetivo final.
En definitiva, apostar por la bici debe ser una decisión sencilla, atractiva y accesible para todos. Simplificar es avanzar, y en movilidad sostenible, avanzar es urgente 🚲💚.



